viernes, 21 de diciembre de 2012

EL FIN DEL MUNDO



La reingeniería de la vida es, empezar de nuevo a redescubrirse uno mismo, en educar la voluntad, qué es la escuela de carácter la más sublime que pueda haber. Lograr la autoeducación de nuestras acciones, actitudes y pensamientos. Y ésta debe empezarse hoy. El carácter no se forma con el vaivén de la vida. Quién llega sin carácter firme al ajetreo del mundo, pierde hasta lo poco que haya podido tener “su fin en el mundo”.

Los que la hacen son los que arrebatan, dice el refrán…Luchar contra nosotros mismos y poner orden en el bosque salvaje de nuestras fuerzas instintivas, debe ser un propósito.

Quién empieza la ofensiva ya lleva gran ventaja. Se ha de atacar día tras día; ¡aunque no sea más que una pequeña batalla! Al ejército enemigo, que tiene sus reales escondidos en nuestro interior, y cuyo nombre es pereza, desamor, apatía, costumbre…

La voluntad es un águila, que sueña con aire puro, con bosque, con cimas de montañas, que se lanzaría de buen agrado hacia las alturas vivificantes; pero se ve cogida en la jaula de las inercias, de los despropósitos y se agita y revuelve en su cárcel…

Si somos estériles, se troca la tierra labrantía, la que da trigo, flor, vida; toda tierra si se descuida crecerán en ella espinas, cardos, malas hiervas, si no se le cuida debidamente…Toda voluntad se malogra si no es tratada con esmero.

La voluntad es como una semilla sembrada en el ser; si se cuida con esmero y se fortalece, se desarrolla y crecerá, será un roble que resista los huracanes; pero si se descuida hasta las hormigas de las pequeñas faltas podrán roerla.

La libertad de espíritu sólo puede ser galardón de pequeños esfuerzos continuos, animosos, de una labranza lenta, de una continua autocorrección. Por esto caminan a nuestro alrededor tantos hombres y mujeres que arrastran las cadenas de sus errores; porque muchos son los que temiendo aceptar el duro trabajo de los esfuerzos cotidianos, “se les acabo su mundo”.

Que la mesa de trabajo sea el yunque en que se fragüe el porvenir. Mons. Toth.

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