sábado, 28 de marzo de 2015

¿CONOCES ALGUIEN ASÍ?

José Ingenieros, el gran sociólogo y médico ítalo-argentino, señala que el hombre  rutinario evita salir de su rutina y cruzar ejercicios nuevos. El que evita que es preferible lo malo conocido a lo bueno por conocer. El que razona en la lógica de los demás. El que prefiera confiar en su ignorancia para adivinarlo todo. El que es intolerante y su exigua cultura lo condena a serlo. El que defiende lo anacrónico y lo absurdo y el que no permite que su opinión sea el controlador de su experiencia. El que está condenado a no adentrarse en las cosas o en las personas. El que es solemne, el que actúa con pompa grandilocuente. El que busca el disfraz para su íntima oquedad.  El que acompaña con fofa retórica los mismos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la humanidad estera quiera oírlos. El que su temor a comprometerse le lleva a simpatizar con un precavido escepticismo.

El que acecha a todos los que perfilan alguna originalidad. El que habla a media voz, con recato constante en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando a puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. El que vierte la infamia en todas las copas transparentes. El que está seguro de su impunidad. El que no afirma, pero insinúa. El que llega a desmentir imputaciones que nadie hace. El que miente con irresponsabilidad, como respira, sobre seleccionar lo que converge a la detracción.

El que su conducta se presta más a risa y es el primero en hablar mal de los demás. En querer ser interesante, aumentado, adornando, pasando insensiblemente de la verdad a la mentira, de la torpeza a la infamia, de la maledicencia a la calumnia. El que teme al digno y adora al lacayo. El que viene al mundo como siervo y muere siendo servil. El que renuncia a la autoridad y conserva su pompa. El que bruñe el mérito y se adorna de vanidad. El que gusta de la holganza y se desiste de hacer lo poco que podría. El que evita toda firme labor y se aparte de cualquier combate. El que práctica el mal de la inercia y el bien por equivocación. Y el que se entrega a los acontecimientos por incapacidad de orientarlos.

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