lunes, 11 de julio de 2016

LOS IMPORTANTES: SER O CREERSE


Nadie como él impedido sabe que cualquier miembro del cuerpo humano es importante. Así falte un brazo y quede el otro. Así se carezca de un dedo: porque los cuatro restantes de la mano no podrán realizar adecuadamente su tarea.

La construcción del cuerpo humano se asemeja a la construcción de un edificio. Tan importante resulta el crecimiento soterrado como el techo airoso, la puerta que guarda la seguridad y la ventana por donde se asoma un sol y un viento de indulgencia.

Y así como en el cuerpo del hombre cada miembro tiene una función propia e intransferible que ningún otro puede ejecutar en su lugar, así también en el organismo social cada persona desempeña un quehacer, por humilde que aparezca, del que van a recibir beneficio todos los demás.

No hay trabajo menos digno ni persona menos importante. Sin embargo, abundan por esos mundos de Dios ciertos tipos inconfundibles que, con un poco de atención en observarlos y en oírlos, se nos ostentan con un empaque de grandeza y un hábito de majestad, cual si fueran dioses de mitología, héroes de leyenda, superhombres, de los que concibió tortuosamente Nietzsche. Son los importantes. Como en las musas uno quisiera colgarles entre pecho y espada, el rótulo de advertencia: “Cuidado, no tocar”.

Basta con verlos, con escucharlos de cerca. Su voz estudiada, los ademanes teatrales, sentencias las opiniones, cortantes las frases, definitivas las advertencias. Sólo ellos poseen el secreto de la sabiduría y el acierto del juicio. La vanidad, el orgullo, la soberbia, que suelen ser matices y manifestaciones de un egoísmo casi paranoico, los ha vuelto engreídos de sí mismos hasta el delirio. Ellos son sus propios ídolos. Se contemplan y se aman, se extasían en su persona y se recrean en sus cosas. Lo demás sólo sirve en cuanto se deje usar como un peldaño para sus ambiciones.

Las personas que se creen importantes no saben ver ni oír ni comprender. Se encierran en su paraíso artificial a dónde no llega la sencillez ni la claridad. Voluntariamente se convierten en ciegos y en sordos, porque sólo tienen ojos para mirarse y oídos para entenderse. Pagados de sí mismos, los importantes se preocupan de su yo. Es tan alto el pedestal en que viven que su altura no alcanza a llegar ni al clamor de las necesidades ajenas, ni siquiera las exigencias más elementales de una educación que se externa en normas de respeto y de diálogo. El despotismo queda en la médula de los importantes.

Almas infladas de puro aire, cifran su investidura exterior que les cupo en suerte, en el dinero, en la belleza, en cualquier éxito más o menos gratuito, el secreto de su campanuda personalidad. Una personalidad ficticia, amasada de mentiras, hueca de simulaciones. Porque el verdadero importante-llámese genio, sabio o santo-, esos no necesitan la pose ni la máscara. Al contrario, les estorba, van por el mundo con una franca sonrisa, un aire de lumínica sencillez, un ademán acogedor y fraterno, un ancho corazón que comprende y tolera.

Los que aparentan importancia, señal que no la tienen. Los que de veras tienen importancia, no la dejan entrever. La humildad es la fortaleza de las almas grandes, la debilidad de las almas mediocres.


Triste vida de los que se sienten importantes. Piensan ser admirados por la gente cuando en realidad no lo son. Juzgan que todo el mundo los necesita y solamente son el relleno temporal. Hicieron de sí mismos un imperio y en acaban por pudrirse. JAP.  

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