jueves, 17 de marzo de 2011

El Hombre Mediocre

José Ingenieros en su magnífica obra EL HOMBRE MEDIOCRE, de editorial Porrúa, 1974. Hace una excelente apología de lo que una parte de la humanidad todavía es necia de hacer por mejorar sus actitudes y velar por todo progreso. Y en los tiempos actuales del tercer milenio todavía existen personas que no han podido superar esas inercias. Por lo que tenemos que aprender del autor de la obra para seguir fortaleciendo y encontrando los mejores senderos de desarrollo interno y externo que nos permitan avanzar y progresar en todo ámbito. Algunos fragmentos, Dice:


El hombre incapaz de alentar nobles pasiones esquiva el amor como si fuera un abismo; ignora que él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz de los moralistas, vive y muere sin haber aprendido amar. Desdeña las jerarquías independientes del mérito. Los partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, mientras no descubra en ellos ideales consonantes con los suyos propios. Individualmente considerada, la mediocridad podrá definirse como una ausencia de características personales que permitan distinguir al individuo en su sociedad. La medida social del hombre está en la duración de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen sobrevivientes a los siglos, y por ellos se mide.

El hombre inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñorease las tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para la imitación le impide adaptarse al medio social en que vive; su personalidad nos se desarrolla hasta el nivel corriente, viviendo por debajo de la moral o de la cultura dominante, y en muchas cosas fuera de la legalidad.

El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios. Ante la moral social, los mediocres encuentran una justificación, como todo lo que existe por necesidad.

Los hombres sin ideales desempeñan en la historia humana el mismo papel que la herencia en la evolución biológica, a contener las aspiraciones atrevidas de los visionarios. Los hombres imitativos limitasen a atesorar las conquistas de los originales.

La psicología de los hombres mediocres se caracteriza por un rasgo común, la incapacidad de concebir una perfección, de formarse un ideal. Son rutinarios, mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter a los domesticadores convencionales. El horror al desconocido los ata a los prejuicios, tornándolos timoratos e indecisos: nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativas y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca. Son fríos, aunque ignoran la serenidad; apáticos sin ser previsores; acomodaticios siempre, nunca equilibrados. Carecen de línea; su personalidad se borra hasta desaparecer. Renuncian a vivir antes de gritar la verdad frente al error de muchos.

La vulgaridad trasforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva la ostentación a la avaricia, a la falsedad, a la simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que conspira en su interior acosado por el hambre de atávica instintos y sin aspiración que el hartazgo.

La rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten a la cercanía de los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades; es estéril la otra y las mata.

En los rutinarios todo es menor esfuerzo; ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la más honda fuente de la virtud. No intentan estudiar, sospechan, acaso, la esterilidad de su esfuerzo. La lectura les produce efectos de envenenamiento. Tragan sin digerir; ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que asimila.. Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las recitan de tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Son prosaicos, no tienen afanes de perfección: la ausencia de ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal de parar cuando se acaben el curso de la vida. Asno son asnos y han de ser asnos y así han de pasar cuando se acabe el curso de la vida. Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena a serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus opiniones sufran el control de la experiencia, llaman hereje al que busca la verdad o persiguen un ideal. Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose cuando ésta les atribula contra heréticas tentaciones. Los rutinarios carecen de opinión. Confunden la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. El que no cultiva su mente, va derecho a la disgregación de su personalidad.

El hombre mediocre, su inteligencia es como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y acaban por descomponerse. Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo. El hombre mediocre carece de perspicacia adivinadora; está condenado a no adentrarse en las cosa o en las personas, no presenta una sola mancha de ingenio

El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para su íntima oquedad; acompaña con fofa retórica los mínimos actos y pronuncia palabras insustanciales, como si la humanidad entera quisiese oírles.. es esclavo de la sombra que sus apariencias proyectan en la opinión de los demás, acaban por preferirla a sí mismos. Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. Son modestos por principio, pretenden que todos lo sean, exigencia tanto más fácil por cuanto en ellos sobra la modestia, desde que están desprovistos de méritos verdaderos. La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, indeciso y obtuso.

El calumniador desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, tiene el valor de ser delincuente; el otro es cobarde y se encierra con la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra. Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubes, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato. El maldiciente, cobarde entre los envenenadores, está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa, miente con espontaneidad, no respeta virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada. El que puede gritar cara a cara una injuria, el que denuncia a voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Pero serlo es menester temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando. Aquellos en quienes las conducta se presta más a risa, son siempre los primeros en hablar maño de los de demás.

La vanidad empuja al hombre vulgar a perseguir un empleo expectable en la administración del Estado, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita.

La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad. Es falta de virtud para renunciar a los escrúpulos y de coraje para asumir su responsabilidad. La hipocresía es más honda que la mentira, ésta puede ser accidental, aquella es permanente. El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan suponiendo que dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto a todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. El hipócrita entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su ambigüedad, solo piensa en sí mismo, y esa es su pobreza suprema. el hipócrita , es ingrato, aspira a la divulgación de los favores que hace, sin ser por ello sensible a los que recibe.

El que nace de siervos lo trae en la sangre, Aristóteles. Hereda hábitos serviles y no encuentra ambiente propicio para formarse un carácter. Las vidas iniciadas en la servidumbre no adquieren dignidad.

No hay peor jefe que el antiguo asistente ni peor amo que el antiguo lacayo.

El esclavo y el sirvo siguen existiendo, por temperamento o por falta de carácter.

Los caracteres mediocres buscan su bajo nivel, se domestican

El que aspira a parecer renuncia a ser.

La insuficiencia del esfuerzo equivale a la desconcentración del impulso. El mérito de las acciones se mide por el afán que cuestan y no por sus resultados.

Sin coraje no hay honor

El que aspira a ser águila debe mirar lejos y volar alto.

El que se resigna a arrastrarse como un gusano renuncia al derecho de protestar si lo aplastan.

El lacayo pide; el digno merece.

Cuando el éxito no depende de los propios méritos, bástele conservarse erguido, incólume, irrevocable en la propia dignidad.

Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca ninguna marca de hierro.

Todo parásito es un siervo; todo mendigo es un doméstico.

Enemigo poderosos de la dignidad es la miseria; ella hace trizas los caracteres vacilantes e incuba las peores servidumbres.

El que ha atravesado dignamente una pobreza es un heroico ejemplar de carácter.

Los únicos bienes son los que acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan ningún tesoro los sustituye.

Los orgullosos tienen el culto de su dignidad: quieren poseerla inmaculada, libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan o la rebajen. A ella sacrifican bienes, honores, éxitos: todo lo que es propicio al crecimiento de la sombra.

La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito por la mediocridad. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad. El odio puede ser justo, motivado la envidia es siempre injusta, pues la prosperidad no daña a nadie. El odio que injuria y ofende es terrible; la envidia que calla y conspira es repugnante. Siendo la envidia un culto involuntario del mérito, los envidiosos son, a pesar suyo, sus notables sacerdotes.

Dante consideraba a los envidiosos indignos del infierno. En la sabia distribución de penas y castigos las reducía en el purgatorio, lo que se aviene a su condición mediocre.

Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos de un gran hombre, o instrumentos ciegos de su piara, no osan discutir la jefatura del uno o las consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia o probidad: basta con la certeza de su panurguismo. Viven de la luz ajena, satélites sin color y sin pensamientos, uncidos a los carros de su cacique, dispuestos siempre abatir palmas cuando él habla y a ponerse de pie llegada la hora de una votación. Madrean piaras sumisas, serviles, incondicionales, afemininadas; las mayorías miran al porquero esperando una guiñada o una seña si alguno se aparta está perdido; los que se rebelan están proscritos sin apelación.

Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los Parlamentos. Envilecidos los partidos o el gobierno en su nombre operan una selección entre sus miembros, a expensas del mérito o a favor de la intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que tengan su misma complexión moral; por simpatía y por conveniencia.

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